Una vez hice un experimento con mis alumnos del MBA del IESE. Fue hace algunos años. Cuando les doy clase tienen en torno a 28 años más o menos. A la mitad de la clase les pregunté ¿Qué probabilidad crees que hay de que una persona de unos 28 años tenga en el próximo año un percance con la moto o con el coche? El promedio de las respuestas que dieron era de casi el 30%. A la otra mitad de la clase les pregunté ¿Qué probabilidad hay de que tú tengas durante el próximo año un percance con el coche o con la moto? El promedio de las contestaciones rondaba el 10%.
Es un fenómeno habitual, lo de “esto a mí no me pasa”. Estas cosas solo les pasa a los demás. No me atrevía hacer ese experimento con mis alumnos preguntando la probabilidad de desarrollar cáncer a lo largo de la vida. Me parecía demasiado inapropiado. Pero en una revista leí que los resultados fueron similares. “Esto a mí no me pasa”.
Un error frecuente a la hora de tomar decisiones es pensar que las cosas van a ocurrir como queremos que ocurran. Pero la realidad es tozuda y no nos obedece. Las cosas suceden como suceden con independencia de que nos guste o no.
Una vez tenía prevista una excursión con un buen amigo. La habíamos planificado con mucha antelación y estábamos muy ilusionados con el asunto. El día anterior anunciaron lluvias por todas partes. No hicimos caso. Estábamos tan ilusionados con la excursión que no se nos pasaba por la cabeza que algo la pudiera hacer fracasar. Total que al día siguiente a primera hora de la mañana nos telefoneábamos para anularla. El cielo estaba encapotado. La lluvia era intensa y no parecía que fuera a apaciguarse.
Mejor es pensar que las cosas pueden suceder de diversas maneras y estar preparados. De lo contrario podemos llevarnos innecesariamente desagradables sorpresas. “El día que yo me voy a ir de excursión es imposible que llueva”. Pues llovió. Feliz semana santa y hasta el jueves que viene.
