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¿Por qué nos cuesta tanto decidir?

From Wikimedia Commons

Más allá de las decisiones rutinarias, aquellas que apenas tienen implicaciones, tomar decisiones importantes nos resulta difícil. Nos incomoda. Preferimos evitarlo. ¿Por qué? Porque decidir implica la posibilidad de equivocarnos, y eso nos incomoda mucho. Por este motivo, muchas veces dejamos que la vida siga su curso sin intervenir. Pero esta actitud plantea problemas.

El primer problema es que nos convertimos en espectadores pasivos de nuestra propia vida. No somos nosotros quienes marcamos el rumbo, sino las circunstancias, el entorno o incluso las decisiones de otros. Creemos que al no decidir evitamos poder equivocarnos, pero en realidad estamos tomando una decisión: la de no actuar.

Y aquí está la paradoja: cuando tomamos una decisión y las cosas salen mal, nos sentimos responsables. «Fue por haber hecho tal cosa», pensamos. En cambio, si el problema surge por no haber actuado, nuestra responsabilidad parece más difusa. Podemos engañarnos con la idea de que simplemente «las cosas pasaron así». Si, pero lo cierto es que también somos responsables de lo que dejamos de hacer. No intervenir cuando deberíamos es, en el fondo, una decisión con consecuencias.

Debemos asumir el control de nuestra vida. Dirigirla hacia nuestros objetivos y, cuando las cosas no salgan como esperábamos, estar preparados para minimizar los daños. Lo que realmente debería preocuparnos no es equivocarnos, sino renunciar a decidir y acabar viviendo una vida diseñada por otros. Hasta el jueves que viene.

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