Cuando se llevan a cabo iniciativas, ya sean personales o empresariales, se asumen riesgos. El riesgo es la posibilidad de que una iniciativa dé peores resultados de los que se pretenden. El único modo de no asumir riesgos es no hacer nada. Y aún así nos pueden salir las cosas mal.
Hay tres tipos de riesgos. El primero son los riesgos evitables. Son los riesgos que se corren por hacer las cosas mal, y por tanto se podrían evitar si se hiciesen las cosas bien. El hundimiento del Titanic supuso la materialización de un riesgo que era evitable. Si no se hubieran cometido una series de errores que se cometieron, se habría evitado el choque. Esto lo hemos documentado muy bien en el libro del Iceberg y en diversos mensajes de este blog.
El segundo tipo de riesgos son los riesgos estratégicos. Una compañía persigue una oportunidad por las posibilidades de beneficio que presenta, aunque finalmente las cosas puedan salir mal, cosa que ya se sabía desde el principio que podía pasar, pero que sin embargo, las posibilidades de éxito aconsejaban asumir ese riesgo y perseguir esa oportunidad. La producción de una película o el desarrollo de un fármaco, e incluso la subida al Everest son ejemplos de situaciones de riesgos estratégicos.
El tercer tipo de riesgos son aquellos que se producen por causas externas, causas sobre las que no se tiene control y sobre las que poco se puede influir. Un terremoto o un ataque terrorista que destruye las instalaciones de la empresa. Una subida del precio de la energía que eleva los costes de producción. El riesgo externo con un impacto en mayor número de empresas es el riesgo de una recesión económica.
En sucesivos mensajes iré glosando cómo tratar cada uno de estos tipos de riesgos de modo que tengan el mínimo impacto posible. Solo adelantar que las empresas se ocupan mucho de los proyectos que llevan entre manos, de las oportunidades que persiguen, pero se preocupan menos de llevar acciones que contrarresten los riesgos que se asumen. Hasta el jueves que viene
