El verano pasado hablaba de cómo un operario que tenía que hacer unos arreglos en mi casa, llegó despotricando, y a base de interesarme por su trabajo y por su familia acabó marchándose sonriendo y dando las gracias. Concluía que no hay como tratar a las personas con amabilidad para que hasta los más huraños se vuelvan amables.
Y lo he vuelto a comprobar este verano. Tuve que ir a renovarme el carnet de conducir hace unos días. Me aconsejaron hacerlo en una población del extrarradio de Barcelona porque había menos colas. Fui una mañana de julio y estaba en el mostrador del lugar una mujer joven que de mal humor me dijo que las renovaciones del carnet se hacían por la tarde. Se ve que mi presencia le molestaba.
Decidí emplearme a fondo para intentar que cambiara su actitud. Lo conseguí. ¿Cómo? Lo de siempre, sin atosigar, con mucha calma y una sonrisa le pregunté, con toda la amabilidad del mundo, cuál era el horario de la tarde; cuál era la mejor hora para venir; que documentos tenía que traer, etc. Me despedí con una sonrisa y dándole las gracias dejando entrever que su información había sido muy útil, y su actitud dejó de ser huraña, y aunque todavía no era amable por lo menos me dirigió un saludo de despedida.
Volví por la tarde a la hora convenida. Me reconoció, y esta vez ya sí que fue muy cordial y me informó de todo lo que tenía que hacer. Después de que el médico reconociera que todavía soy apto para conducir, me despedí del mostrador de entrada, y esta vez sí que ya hubo amabilidad y sonrisa.
Y es que lo he vuelto a comprobar. No hay nada como tratar a la gente con amabilidad y paciencia para que hasta los más cascarrabias se derritan y se vuelvan amables. Hasta el jueves que viene.
