El otro día fui a la misma relojería donde cada cuatro o cinco años me cambian la pila del reloj. Me atendió un señor que no había visto en anteriores veces. Le expliqué que el reloj se me había parado y que no creía que esta vez fuera la pila, porque la había cambiado hacía un año. Apenas lo vio me dijo que el reloj estaba estropeado. Lo cuál era una obviedad, pues por eso se lo llevaba. Le tuve que pedir si me lo podía arreglar, lo cuál debía ser innecesario, pues era evidente que para eso me acercaba a la relojería.
Lo abrió y lo manipuló durante un minuto. Minuto en el que le pregunté si la pila funcionaba y qué le pasaba al reloj. Me dijo que la pila funcionaba y que estaba mal puesta. Le dije que me la habían puesto en esa tienda a lo que él respondió con un rotundo “no”. Era cierto que me la habían puesto en esa tienda, pues es la única relojería que he pisado en los últimos 25 años.
Ante semejante personalidad preferí no aclarárselo para no empezar una innecesaria discusión. Le pregunté cuanto costaba la reparación, me dijo que 5 euros, se los pagué y me fui tras despedirme.
Mientras salía pensé, qué fácil le habría sido ser amable. Que poco hubiera hecho falta para que yo saliera contento de la tienda en vez de molesto, y sobre todo qué fácil le hubiera sido a esta persona ser un buen profesional. No dudo de su competencia como reparador de relojes, pero su trato con los clientes dejaba mucho que desear. Me dije, Miguel Angel, tú tienes que ser un buen profesional. No puedes ser como este relojero. Tienes que conocer bien los entresijos de tu actividad como profesor, y tienes que tratar a la gente con amabilidad y con actitud servicial. Algo que me recomiendo no solo a mí, sino a todos los lectores del blog. Seremos muy buenos profesionales y muy buenas personas. Hasta el jueves que viene.
