Una de las cosas que salen a veces en mis clases en el IESE es que un directivo no puede exigir perfección a su gente. Todos tenemos derecho a equivocarnos. Trabajar con un directivo que no admite errores puede ser muy estresante y la gente lo acaba evitando en la medida que puede.
Hay otro perfil de gente, que son los que se exigen perfección a sí mismos. No toleran no exigirse al máximo. Suele ser gente que quiere destacar sobre los demás y por tanto se exige hacerlo todo bien. Esta obsesión enfermiza por destacar sobre los demás muchas veces es un síntoma de falta de autoestima. Uno tiene que estar continuamente demostrándose que es excelente. Todo esto es agotador.
Cuando uno pretende hacerlo todo de modo excelente, vive en un estado de permanente frustración. Como las cosas rara vez salen del mejor modo posible uno nunca alcanza lo que pretende. Vive frustrado y transmite malestar a su alrededor.
El modo más eficaz de hacer las cosas del mejor modo posible es primero no hacerlas mal. Si se hacen mal todo suele acabar en desastre. Y una vez que se hacen las cosas medianamente bien, intentarlas hacer cada vez un poco mejor. Este es el modo de llegar a la excelencia.
Permítete el error. Si no vas a vivir en permanente frustración. Ayer terminé un curso del MBA en el que otra vez he vuelto a disfrutar mucho. Hasta el jueves que viene y felicidades a las Inmas, Inmaculadas, Conchas y Conchitas.
