Me he encontrado con personas que, ante cualquier suceso inesperado, tienden a pensar que la causa está en la mala voluntad de alguien. Siempre suponen que hay alguien detrás con el interés de fastidiar. Y lo curioso es que muchas veces se trata de cosas completamente normales: que se haya cancelado un evento, que haya subido el precio de algo, que un local haya cerrado y otro lo haya reemplazado… Ante la situación más cotidiana, ven oscuras y malévolas intenciones.
Yo prefiero pensar que la mayoría de la gente actúa con buena intención. Claro que hay excepciones, pero son eso: excepciones. Es mucho mejor confiar en las personas y equivocarse con una de cada cien veces, que desconfiar de las otras noventa y nueve que sí merecen nuestra confianza.
Pensar bien de los demás facilita las relaciones humanas. Las hace más cordiales. Y si alguien realmente quiere fastidiarnos, el problema es suyo, no nuestro. Nosotros, como mucho, sufrimos puntualmente las consecuencias. Pero quien vive desde la desconfianza permanente acaba atrapado en su propia negativa actitud.
Mi consejo: ante lo que nos sorprende o sale mal, pensemos primero que es fruto de errores, limitaciones o simples circunstancias. No de malas intenciones. Tomar esa decisión nos hará más libres, más serenos y, sobre todo, más felices. Hasta el jueves que viene.
