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Fútbol

No soy muy aficionado al fútbol, pero quizá defraudara a alguno de mis blog-lectores si la entrada de esta semana no hiciera referencia al deporte rey. Aprovecharé para comentar una decisión bastante habitual en los equipos de fútbol, que a mi siempre me ha dejado perplejo. Es cuando un equipo, sobre todo si es de los grandes, empieza a no ir tan bién como se esperaba. Algo hay que hacer para que se note que somos directivos competentes. Se empieza a poner en tela de juicio al entrenador. Llega una semana en que se empieza a rumorear, alentados por la prensa, que si la cosa no cambia salta el entrenador.

En estas condiciones, con una espada de Damocles sobre la cabeza, es muy difícil que el el entrenador pueda rendir, por lo que la situación es todavía peor. Con semejante tensión, efectivamente las cosas salen mal en el partido siguiente y… echan al entrenador. Cuantas veces hemos visto que se ha repetido esto. Esto no es sino una muestra de incompetencia de los directivos del equipo y en concreto de su presidente como último responsable. Si el entrenador era tan malo ¿por qué no lo sustituyó antes de comenzar el campeonato?  “Para que no nos acusen de pasividad algo hay que hacer” razona la directiva del club. Mi tesis: al que hay que echar es al presidente por dirigir tan mal el equipo. Pero ¿Quien echa al que manda? Este es el gran drama de muchas compañías.

Esta decisión viola el primer principio de las buenas decisiones que exponemos en el libro de “Iceberg a la Vista”: no es lo mismo decidir bien que acertar. El entrenador puede ser un excelente profesional (y si no, señor presidente por qué lo fichó). Lo que pasa es que en un determinado partido el resultado depende del buen jugar del equipo y de otros muchos factores, entre ellos muy importante el de la (mala) suerte. Si en dos o tres partido estos factores influyen más, ya tenemos a un entrenador puesto en entredicho.

Al entrenador hay que evaluarlo por su labor en conjunto. Es cuando se juzga un montón de partidos cuando no se puede atribuir el éxito o el fracaso a la suerte si no a la calidad del equipo y de su entrenador. Un cambio de entrenador a mitad de competición no suele mejorar las cosas pues el nuevo tiene que hacerse con el equipo y esto siempre lleva su tiempo. Si el equipo empieza a ir bien, seguro que en este caso sí que es por la suerte.

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