Fútbol

No soy muy aficionado al fútbol, pero quizá defraudara a alguno de mis blog-lectores si la entrada de esta semana no hiciera referencia al deporte rey. Aprovecharé para comentar una decisión bastante habitual en los equipos de fútbol, que a mi siempre me ha dejado perplejo. Es cuando un equipo, sobre todo si es de los grandes, empieza a no ir tan bién como se esperaba. Algo hay que hacer para que se note que somos directivos competentes. Se empieza a poner en tela de juicio al entrenador. Llega una semana en que se empieza a rumorear, alentados por la prensa, que si la cosa no cambia salta el entrenador.

En estas condiciones, con una espada de Damocles sobre la cabeza, es muy difícil que el el entrenador pueda rendir, por lo que la situación es todavía peor. Con semejante tensión, efectivamente las cosas salen mal en el partido siguiente y… echan al entrenador. Cuantas veces hemos visto que se ha repetido esto. Esto no es sino una muestra de incompetencia de los directivos del equipo y en concreto de su presidente como último responsable. Si el entrenador era tan malo ¿por qué no lo sustituyó antes de comenzar el campeonato?  “Para que no nos acusen de pasividad algo hay que hacer” razona la directiva del club. Mi tesis: al que hay que echar es al presidente por dirigir tan mal el equipo. Pero ¿Quien echa al que manda? Este es el gran drama de muchas compañías.

Esta decisión viola el primer principio de las buenas decisiones que exponemos en el libro de “Iceberg a la Vista”: no es lo mismo decidir bien que acertar. El entrenador puede ser un excelente profesional (y si no, señor presidente por qué lo fichó). Lo que pasa es que en un determinado partido el resultado depende del buen jugar del equipo y de otros muchos factores, entre ellos muy importante el de la (mala) suerte. Si en dos o tres partido estos factores influyen más, ya tenemos a un entrenador puesto en entredicho.

Al entrenador hay que evaluarlo por su labor en conjunto. Es cuando se juzga un montón de partidos cuando no se puede atribuir el éxito o el fracaso a la suerte si no a la calidad del equipo y de su entrenador. Un cambio de entrenador a mitad de competición no suele mejorar las cosas pues el nuevo tiene que hacerse con el equipo y esto siempre lleva su tiempo. Si el equipo empieza a ir bien, seguro que en este caso sí que es por la suerte.

  1. Diego
    julio 15, 2010 en 4:25 pm

    Es un error frecuente en el mundo del futbol.
    En una competición corta, que no permite mucho margen para las dudas y con gran presión mediatica como es un Mundial la consecuencia de cometerlo puede ser definitiva.
    En un mundial, el éxito se traduce en tener un proyecto serio que contemple el trabajo armónico de diversos factores tales como jugadores, técnicos, directivos y organización.
    Una mínima fisura puede alejarnos del objetivo, de ahí la importancia de lo que se consiguió el pasado domingo.
    Argentina ha sido la excepción que confirma la regla debido a las peculiaridades de su técnico y al talento de sus jugadores.
    Agradezco sus comentarios y libros. Tengo muy gratos recuerdos de sus clases.
    Un fuerte abrazo.

  2. julio 16, 2010 en 5:23 pm

    Si Diego, los logros no son fruto de las improvisaciones sino del trabajo constante con exitos y fracasos. Muchas gracias y me alegro de que te acuerdes de las clases. Esto le hace a uno sentirse útil,
    Miguel Angel

  3. Santi
    julio 21, 2010 en 5:01 pm

    Profesor Ariño: aparte de estar totalmente de acuerdo con su comentario de esta semana, creo que se puede reforzar el argumento con un ejemplo muy reciente.
    ¿Hay alguien que me pueda explicar por qué en el verano de 2003 Vicente del Bosque no “servía” como entrenador cuando “salió” del Real Madrid, y hoy es el entrenador “estrella *” del mundial?
    Por cierto, creo que una de las mejores “decisiones” que ha tomado en el mundial ha sido la de compartir con su hijo Álvaro -síndrome down- la celebración de la copa, dejando que le acompañara en el bus de la celebración en Madrid.

  4. Steven
    julio 25, 2010 en 10:23 am

    Bueno estoy muy de acuerdo con lo dicho

  5. julio 29, 2010 en 2:03 pm

    Por aportar otro punto de vista, he jugado al fútbol semi-profesional y una de las espadas de damocles de los entrenadores son los vestuarios (los propios equipos) donde existen poderes fácticos encubiertos que son capaces de hacer triunfar o fracasar excelentes entrenadores. Por eso, igual que en los equipos directivos, creo que una de las capacidades fundamentales es identificar esos referentes en el vestuario y hacer palanca conjunta con ellos, sino se transforma en una guerra en la que siempre sale perdiendo el club.
    En una profesión como la de entrenador, donde la continuidad cada vez es más efimera, tiene más poder jugadores con 6-8 años en el primer equipo que un entrenador con nuevos métodos, recién aterrizado y con ganas de cambiar cosas…
    saludos Profesor y a todos los lectores
    Rodrigo Miranda, EMBA S-09

    • julio 29, 2010 en 4:16 pm

      Rodrigo, lo que tú dices más que un problema de la dirección del club es un problema de liderazgo del entrenador, que tiene que ganarse el prestigio en el vestuario. Todos tenemos que ser líderes (que no necesariamente jefes) del equipo en que trabajamos.
      Te recuerdo perfectamente en clase en primera fila en el centro
      saludos,
      Miguel Angel

  6. Anónimo
    mayo 31, 2014 en 4:53 pm

    En estas condiciones, con una espada de Damocles sobre la cabeza, es muy difícil que el el entrenador pueda rendir, por lo que la situación es todavía peor. Con semejante tensión, efectivamente las cosas salen mal en el partido siguiente y… echan al entrenador. Cuantas veces hemos visto que se ha repetido esto. Esto no es sino una muestra de incompetencia de los directivos del equipo y en concreto de su presidente como último responsable.
    . Lo que pasa es que en un determinado partido el resultado depende del buen jugar del equipo y de otros muchos factores, entre ellos muy importante el de la (mala) suerte. Si en dos o tres partido estos factores influyen más, ya tenemos a un entrenador puesto en entredicho.

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