Cuando en torno a 1900 surgieron los coches quedaron obsoletos muchos puestos de trabajo dedicados a construcción y reparación de carretas y herraduras de caballos. En la década de los 80 del pasado siglo dejaron de existir las empresas que fabricaban máquinas de escribir. A principios de este siglo Kodak tuvo serias dificultades con la llegada de los móviles que hacían fotografías lo que le llevaron finalmente a la quiebra.
A que viene todo este repaso histórico, pues a que la inteligencia artificial va a cambiar el modo como se ejercen muchas profesiones. Este hecho va a generar que algunos profesionales sean capaces de subirse a esta nueva ola, mientras que a otros les va a resultar más complejo. Abordar esta realidad supone un reto para las empresas. Por un lado, han de facilitar que los profesionales que aun les quedan décadas de ejercicio profesional puedan formarse en el modo de usar esta nueva “herramienta” en su trabajo. Por otro lado, a los que ya están en su última etapa profesional quizá les resulte más difícil incorporar esta nueva tecnología en su actividad diaria.
Los que me leéis con asiduidad sabéis que creo firmemente en la centralidad de la persona en la actividad económica, por encima de los procesos y de los beneficios. Los beneficios son una consecuencia de la buena actividad empresarial. No son el centro sino una consecuencia. Abordar el reto de facilitar la incorporación de la IA en la actividad, sin arrinconar a los que no están en condiciones de manejar este nuevo modo de trabajo supone un gran reto directivo.
Por un lado, las empresas han de incorporar la IA en sus actividades. Si no desaparecerán como Kodak o los fabricantes de máquinas de escribir que no se subieron a la digitalización. Por otro no pueden dejar en la cuneta a los que han dedicado su vida a la empresa y les resulta complicado adaptarse a la nueva realidad. ¿cómo hacerlo? Pues imaginación. Pero sobre este asunto hay que pensar porque me parece esencial. Hasta el jueves que viene.